Octubre 29, 2026 Noticias

Apoderadas en San José: “Una experiencia que toca corazones”

Entre el 14 y el 20 de octubre, San José recibió a once apoderadas del Colegio San Anselmo, quienes, junto a las tutoras Catalina Davanzo, Gigi Blumer, Paulina Urrutia y Francisca Donoso, compartieron una experiencia de encuentro inspirada en la tradición monástica.

A lo largo de la semana, las participantes tuvieron la oportunidad de detenerse, dejar de lado por unos días el ritmo cotidiano y dedicar tiempo a la oración, la reflexión y la vida compartida. A través de estos espacios, pudieron profundizar en su camino de fe, descubrir a Dios en lo cotidiano y crecer en la amistad espiritual.

El lema que acompañó estos días, ‘No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mía’ (Is 43, 1b), invitó a cada una a renovar su encuentro personal con Dios y a vivir esta experiencia desde la confianza y la apertura a su llamado.

Patricia Díaz, apoderada del Colegio, nos comparte su testimonio:

“Tuve el regalo de participar en una experiencia de retiro y encuentro con Dios en San José de Mallín Grande. Un verdadero regalo.

Antes de partir a San José, sabía que hacía mucho tiempo tenía ganas de entender mejor la espiritualidad manquehuina con la que se estaban encontrando mis hijos. Además, un retiro nunca me venía mal, pero lo que Dios tenía preparado para mí era algo mucho más grande. ¡Es que siempre nos sorprende!

Pude conocer el origen y el modo de vivir la espiritualidad manquehuina, acompañada de una comunidad: un grupo de otras mujeres que no conocía, todas únicas y muy diversas. Uno de los primeros regalos fue ser testigo de que nos unían esas ganas de encontrarnos con Dios.

Juntas compartimos una semana inolvidable en San José, viviendo al estilo de una comunidad monástica benedictina. ¡Con momentos para todo! Rezamos harto, de una manera que muchas no conocíamos tanto; compartimos momentos de lectio, aprendimos a escrutar y, en el Oficio Divino, aprendimos a cantar salmos. Algunos sonaban más afinados que otros, pero lo importante era atrevernos, sumarnos y participar. Compartimos entre nosotras y también con oblatos del movimiento, que con generosidad y mucha fuerza nos presentaban y explicaban mucho de esta espiritualidad. Trabajamos, nos reímos y ¡por Dios que comimos!

Es una experiencia tan completa que une y toca corazones… A mí me tocó el mío. Fue realmente una experiencia muy potente de experimentar el amor de Dios, de reconocerme hija profundamente amada, elegida, llamada e invitada a vivir para su encuentro.

Es muy difícil transmitir realmente lo que se vive en San José. Es un lugar lleno de Dios, un lugar privilegiado de la tierra que te invita a su encuentro en todo.

Viví una semana retirada de mi gente y de mi lugar habitual, desconectada de todo tipo de aparato tecnológico, sin luz y expectante ante una parte privilegiada de la creación: imponentes montañas nevadas, un extenso lago y una vegetación llena de bosques, prados, rocas, ríos y animales.

Esa naturaleza imponente es muy difícil de describir, hay que estar ahí para dimensionar su gigantesca belleza. Mi marido, que había tenido el regalo de participar en 2025, me había tratado de describir con muchas ganas el lugar, pero hasta las fotos se quedaron cortas.

Ir en comunidad y vivir con ella, compartiendo también con la comunidad del movimiento que vive por allá, es una riqueza inmensa. Me muestra que caminar con otros nos enriquece mucho a todos. Rezando todas juntas por nuestros enfermos y por nuestros queridos que ya partieron, fui consciente de que me encontraba en un lugar donde el anfitrión era San José y donde también, aunque de manera más sencilla, siempre estaba María. Todo estaba dispuesto para poder encontrarme fuertemente con Jesús. La Sagrada Familia presente y mi familia presente también.

No solo en San José; antes también había tenido el privilegio de ser testigo de las muchas maneras en que Dios se vale para hablarme: a través de la naturaleza, de personas y de circunstancias. Pero en San José, al darle tanta relevancia a leer SU PALABRA —en la lectio, en los salmos, en el Antiguo y el Nuevo Testamento—, pude ser consciente de que realmente me habla a través de ella, y muy claro. Eso fue un completo descubrimiento.

Experimenté ese profundo amor y esa clara invitación a gastar la vida para ese encuentro eterno, gozoso, alegre, de paz y felicidad profunda. Ese fue el gran regalo y la meta con la que me dispuse a volver a Santiago.

Es una meta difícil, pero vuelvo confiada porque, al haber vivido un pedacito de cielo en San José, al haber experimentado ya parte de ese anhelado encuentro y al confiar en el poder de su Palabra, puedo estar tranquila de que, en el camino, me irá mostrando cómo o de qué manera lograrlo, si estoy atenta a lo que me irá revelando. ¡Porque claramente, y de verdad, Él también me quiere para Él!

Me invita a seguir oyendo y mirando, sin necesariamente estar en la Patagonia de Chile. ‘Basta que mire con sus ojos’ y mantenga una actitud atenta, porque quiere hablarme y manifestarse de muchas maneras.

Y estoy segura de que tras la cruz está la resurrección, que tras la muerte hay vida, y vida plena, vida eterna, vida de gozo y vida de paz.

Fue una experiencia de renovación. Volví muy alimentada en todo sentido, mucho más contenta y más cercana a la oración y al encuentro con otros, para seguir atenta y escuchando. Vuelvo confiada en que Dios siempre está y estará para seguir comunicándose conmigo y con cada uno de los que nos reunamos para hacerlo.

Te doy gracias por este gran regalo que me has dado y te pido, Señor, que me ayudes a permanecer atenta, que me sigas alumbrando con tu Palabra para caminar acompañada de otros que también te busquen, que me sigas abrazando y que, sobre todo en los momentos difíciles y de cruz, me permitas experimentar una paz temporal, hasta llegar junto a todos los que ya partieron y partirán a esa paz eterna contigo y para siempre”.